Monday, April 9, 2007

Maria Ileana Faguaga Iglesias

Cuba, Historiadora y etnóloga
Presentación de las obras:
Manual de Santería, Rómulo Lachatañeré
Cuentos negros de Cuba, Lydia Cabrera
Religión y arte yoruba, Pedro Pablo Aguilera

Dice un viejo proverbio yoruba: “Cuando no hay mayores en el pueblo reina la confusión” (Odu de Ifa, Baba Eyiogbe). De esa fuente nutricia, de la que bebemos como pueblo todos los cubanos –seamos o no afro descendientes, seamos o no afro religiosos, estemos o no conscientes de que nos sirve de alimento espiritual- hemos aprendido que: “La palabra salva. La palabra mata”. Porque como cubana afro descendiente, como afro religiosa y como estudiosa soy joven, aún, comienzo con un agradecimiento especial para el colega Tomás Robaina, estudioso reconocido de la temática afro cubana. Agradezco también a los organizadores de la Feria del Libro en San Antonio la invitación para esta presentación. Y, espero, que a través de la palabra, nos entendamos todos, lo cual sería, ya, un modo de salvarnos.

Incluso en la Era de las Comunicaciones, acompañada con todo el despliegue tecnológico y la influencia que este ejerce sobre el pensamiento y por tanto en el relacionamiento, los libros –en sus formatos tradicionales- continúan siendo vehículos de información, transmisión y generación de conocimientos, estímulos para el aprendizaje. La aparición de nuevos títulos y la reedición de muchos otros, hoy como ayer, continúan representando acontecimientos bienvenidos, esperados, reclamados.

La presentación esta mañana del Manual de Santería (Rómulo Lachatañeré), Cuentos negros de Cuba (Lydia Cabrera) y Religión y arte yoruba (Pedro Pablo Aguilera), es de esos acontecimientos esperados por quienes continuamos a la búsqueda de obras que, no por haber sido ya editadas, dejan de ser necesarias y útiles.

Sólo algunos elementos voy a referir, en aras del rápido contacto directo del lector con las obras, de las que puedan hacer sus propios análisis.

Primero: Existe una diferencia de contextos históricos entre la primera edición de las obras de Lydia Cabrera y de Rómulo Lachatañeré, y la publicación primera de la obra de Pedro Pablo Aguilera, lo que sin dudas se expresa en el tratamiento del tema. Cuentos negros de Cuba (1940), Manual de Santería (1942) y Religión y arte yoruba (1994). Tanto Los cuentos negros... como el Manuel de Santería son producciones intelectuales de la época del Negrismo y de la Negritud, cuando intelectuales y artistas occidentales “descubren” las potencialidades expresivas de las culturas afro; momento en el cual, desde los propios afro descendientes –biológicamente en unos casos, culturalmente en otros-, se expresa un discurso reivindicativo de sus orígenes étnicos. Época en la cual, en el espacio afro americano –percibido como continente-, la experiencia artística e intelectual en sentido general que asume como motivo argumental el mundo cultural afro, sustituye en unos casos y en otros comienza a convivir con las expresiones artísticas e intelectuales indigenistas. Se sitúan las obras de Lydia y de Rómulo, como las de Fernando Ortiz e Isaac Barreal, entre otros, en la avanzada de los estudios afro cubanos en particular, y de los estudios etnológicos y antropológicos en general, en el mundo intelectual cubano. Religión y arte yoruba, en cambio, es el resultado de la producción intelectual de los ’90, en cuyo contexto se expresa una voluntad explícita de superación de la etapa ateísta, que nos impuso lo religioso como tabú, y que, en el menos malo de los casos, impuso un tratamiento tendiente a la folklorización del tema afro religioso. Fueron / son los años en que tanto la realidad sociológica nacional, que nos expresaba / nos expresa la importancia del factor religioso entre los cubanos –con independencia del origen étnico, el color epitelial y el nivel de instrucción-, como el arte que, en sus diferentes manifestaciones, comienza a reflejarlo, retan a la academia a reevaluar sus posiciones, percibiendo la necesidad no sólo de dar continuidad a los estudios de los precursores –entre estos Lydia y Rómulo-, sino de incorporar nuevas aristas y otras herramientas al estudio de una realidad cubana que, como en el resto del mundo, se torna cada vez más compleja y desafiante. Con las herramientas del marxismo, Pedro Pablo Aguilera se enfrenta al tema y procura sistematizarnos un conocimiento del cual continuamos hoy sintiendo avidez.

Segundo: Los ’80 se nos revelan como el punto de partida de lo que luego pudiéramos considerar eclosión en la producción intelectual y artística respecto al interés por el tema religioso en general y afro religioso en particular. Etapa esta que se enmarca en la superación global del pensamiento ortodoxamente racionalista que auguró –puede que con buenas intenciones pero desacertadamente- el fin de la importancia del factor religioso. La humanidad inició desde entonces una etapa que entre sus elementos distintivos tiene la búsqueda de espiritualidad, también por la vía de lo religioso, y en ese camino se inserta la revitalización, revalorización, y en ocasiones además la renovación de las religiones tradicionales o ancestrales, entre las que se cuentan las religiones originarias africanas, como el yoruba culto a los orishas, y las afro religiones, como la santería cubana, por mencionar únicamente dos ejemplos. Son los ’80 el punto de partida de toda una labor editorial en Cuba dirigida a la publicación de obras que reflejan esta realidad. Reediciones de títulos y la aparición de otros, artículos publicados en diferentes revistas, nuevas colecciones dedicadas a la temática cultural / religiosa afro, publicaciones domésticas o artesanales como aquellas que realizan los propios religiosos, junto a la creación de sitios en internet dedicados a la temática, y a seminarios, talleres, conferencias, etc. procuran llenar un espacio necesario en el conocimiento y profundización de este tema.

Tercero: Destacable, en la últimas décadas, es el hecho de que, junto a los artistas e intelectuales, los propios afro religiosos emprenden cada vez con más ímpetu el estudio de sus religiones y, no sin reticencias –no del todo vencidas- comienzan a ganar el respeto de la academia, que en el 2004 confirió el Premio de la Crítica entre las Mejores Obras Científico-Técnicas Publicadas a, Ifá: Santa Palabra. La ética del corazón, obra del babalawo cubano (blanco) Adrián de Souza Hernández (2003. Ediciones Unión. La Habana, Cuba.). Las obras en circulación siempre resultan insuficientes en proporción a la cantidad de interesados en adquirirlas. Editoriales extranjeras se interesan por editar y reeditar la producción cubana sobre el tema. Deja de ser posible identificar con facilidad los nombres de los estudiosos cubanos de la temática pues, afortunadamente, cada día somos más, y convivimos e interactuamos diferentes generaciones de estudiosos en un proceso cuyos resultados parciales, dada la variedad de disciplinas y de perspectivas en el análisis, pueden ser enriquecedores. Conviven las obras de Ortiz, Lydia, Rómulo, Barreal,... con las de las de Nicolás Guillén y Marcelino Arozarena,... se incorpora la generación de Tomás Robaina, Rogelio Martínez Furé, Miguel Barnet, Nancy Morejón, Mirta Fernández, Tato Quiñónez, Eugenio Hernández (Premio Nacional de Teatro 2004)... y, paralelamente, desarrollan sus obras Julio Corbea, Ramón Torres, Ismael González, Julio Moracén, Rito Aroche y Teresa Cárdenas (Premio Casa de las Américas 2004, en literatura para niños)... Se incorporan ya, válganos Dios, las siguientes generaciones, hilvanando la madeja, más que de renovación, de constancia en el transitar por el sendero de los estudios sobre los afro cubano.

“El tiempo y las cosas no permanecen inalterables”, sentencia la sabiduría yoruba (Ifa Baba Idi Meyi). Hace apenas unas décadas, el legado cultural afro cubano era ampliamente considerado “cosas de negros”, y los practicantes de las afro religiones eran relegados, minimizados, satanizados. No ha llegado el fin de esa historia, pero iniciamos el principio del fin.

Actualmente, la Letra del Año de los babalawos cubanos es divulgada por la radio nacional; el recién fallecido cantante cubano Lázaro Ross, intérprete por excelencia de los cantos y rezos yoruba, dejó un amplio registro de grabaciones como legado a nuestra cultura y fue condecorado con la Orden por la Cultura Nacional; en el paseo del Prado, frente al antiguo Capitolio cubano, sede del Congreso republicano, hoy se yergue la (controvertida) Sociedad Cultural Yoruba de Cuba, con una sala museo dedicada a los orishas; por toda la Isla encontramos centros de investigaciones dedicados al estudio y divulgación de las culturas de origen africano y a su interrelación con otros componentes culturales de la sociedad cubana.

Falta. Falta mucho por hacer. Sólo la constante inconformidad nos hace a los humanos crecernos. Vale tener presente en el proceso de crecimiento las enseñanzas que nos legaron los abuelos africanos. De ese caudal, inagotable, y, renovable, tanto desde las experiencias africanas como desde las experiencias afro cubanas, un joven poeta mestizo cubano, Frank Upierre, bebió para su poemario Tablero de Ifá. (1994. Ediciones Extramuros. La Habana, Cuba. Pág. 37.), y nos advierte: Orula afirma: / No temas al viento fuerte. / Árbol duro / y su raíz no quebranta / duro aguanta / aunque lo sople la muerte... El Tablero de Ifá de Upierre, como la filosofía concentrada en los odun de Ifá por los cuales rigen éticamente sus vidas tantos cubanos y cubanas de hoy, nos indica que, esta, también, es nuestra herencia de fortaleza, y que no quedó limitada a las ramas del árbol del cual brota la identidad nacional cubana –como suponen algunos-, sino que enraizó con la fuerza y el vigor de las raíces del baobad africano que, en este nuestro espacio afro caribeño, hemos sustituido con la frondosa y acogedora ceiba. (jueves, 17 de febrero de 20)

Marzo de 2005

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